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Hacer buenas preguntas no es fácil, es un acto complejo que requiere del uso del lenguaje, la lógica y también del “corazón” (lugar de donde surge la intención de preguntar y el deseo de obtener nuevas respuestas).

Saber hacer “buenas preguntas” es una habilidad que puede traernos múltiples beneficios. Por ejemplo, nos puede ayudar a:

• Adquirir nuevos conocimientos.

• Profundizar sobre lo que ya sabemos.

• Dirigir nuestro aprendizaje hacia nuestros intereses personales.

• Anticipar hechos y situaciones.

• Reconocer errores y aprender de ellos.

• Conocer los gustos, creencias y opiniones de otros.

• Estimular la curiosidad y desarrollar la creatividad.

• Buscar soluciones para todo tipo de problemas.

¿Pero cómo se desarrolla esta habilidad?
¡Buena Pregunta!

Para trabajar el cómo hacer una buena pregunta es preciso distinguir al menos dos tipos de preguntas, según la función que cumplan. Estas son:

Preguntas centradas en la información
Aquellas que buscan determinar si el otro conoce “la respuesta correcta”. Esto se hace en los casos en que hay una respuesta objetiva o predeterminada, que se espera que el otro demuestre saber. Aquí el foco está puesto en el contenido de la respuesta, independiente de lo que piense, sienta o crea la persona que responde.

Preguntas centradas en la persona
Aquella que busca escuchar abiertamente lo que el otro hace, siente o cree. Aquí no hay una respuesta preestablecida, por lo tanto no hay una respuesta correcta o incorrecta. El foco está puesto en recoger el relato que surge de la experiencia de quien responde.

En ambos casos podemos formular “buenas preguntas”, y al hacerlo lo que haremos será levantar un puente que nos permitirá conectarnos con aquella información que estamos buscando. Pero eso no es todo, ya que el puente que se construye con la pregunta podrá servir tanto a quien la realiza como a quien deba contestarla. En este sentido lo interesante de cultivar el arte de la pregunta es que al hacerlo podremos utilizar esta herramienta para fines personales, como guía de nuestros procesos aprendizaje; así como también podremos utilizarla como instrumento de mediación del aprendizaje de otros, es decir, como herramienta para ayudar a otras personas en sus procesos de búsqueda y desarrollo del conocimiento.

Si como padres hacemos a nuestros hijos buenas preguntas “centradas en la información”, podremos ayudarles a encontrar y analizar información objetiva, de modo que puedan ampliar sus conocimientos sobre contenidos, normas y procesos específicos.

O bien, si hacemos buenas preguntas “centradas en la persona” podremos ayudarles no solo a conocerse más a sí mismo, sino también a desarrollar la empatía y un conjunto de habilidades sociales que les permitirán sostener mejores relaciones con los demás.

Junto con reconocer estos dos tipos de preguntas, hay algunas claves que es preciso tener presente al momento de preguntar:

1. Sea claro al preguntar.

2. Respete los tiempos personales para responder.

3. Escuche la o las respuestas con afecto e interés.

4. Profundice, use una segunda o tercera pregunta si es preciso.

5. Cuando pregunte esté abierto a recibir la respuesta.

6. Evite tratar de pensar por el otro o responder por él.

7. Invite al otro a hacerse preguntas.




Felipe del Real
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